"Rock en vivo", per Antón Miralles

Los Bravos amb Mike Kennedy al front Los Bravos amb Mike Kennedy al front Pixabay

Desde crío me encantó la música. Y a medida que ha ido pasando el tiempo, uno se acerca a la música de diferentes maneras: primero escuchando cantar al vecino o vecina desde su casa. Al mismo tiempo, en mi casa siempre se cantaba. En todas las celebraciones, cumpleaños, bodas, etc… La familia se convertía en un pequeño orfeón en el que cantábamos todos.

Llegaron los transistores y se escuchaban las noticias. Había pocos programas de producción nacional. Se escuchaban todos en familia. El "parte" era el equivalente a los futuros noticieros menos "rígidos", políticamente hablando (reinaba Franco). Por suerte, no duraban mucho, y se pasaba página pronto, pues no había nada que debatir. Poco a poco se podía respirar, cada vez más. Llegaron los tocadiscos, y el rock. El mundo cambió. Aparecieron unos "melenudos" en Londres que hicieron estallar el planeta: "She loves you... yeah, yeah, yeah" Y empezó a haber conciertos. No de la orquesta sinfónica, ni de la banda de música, ni del orfeón local. Noooooo.

Unos "peludos" (decían) con guitarras eléctricas, unos amplificadores antediluvianos, y toneladas de entusiasmo, que arrastraron a la juventud de todas las localidades a la "ceremonia" del rock: un, dos tres... one two three four (uno dos tres cuatro) y allí empezaba el lío. Poco a poco la cosa fue mejorando, las casas de discos empezaron a dar oportunidades a los "peludos" (era un buen negocio después de todo) y las casas de discos no las manejaban aficionados, no. Negocio puro y duro. Al que no apunta maneras no se le deja grabar nada. Llegan las primeras figuras del pop nacional y Los Bravos saltan al extranjero con "Black is black". Los hombres maduros y políticamente correctos ya no ningunean al joven que se echa la guitarra al hombro y empieza a tocar. ¿Mira que si este sale bueno y nos saca de pobres? El show-business (negocio de la música) se abre paso a codazos guste o no guste a los "rancios" de turno. Mi País Vasco no era en principio un objetivo "goloso" para los promotores de conciertos. Sí que era un campo abonado para la música, pero el empresario se palpa la cartera antes de arriesgar un concierto y cosechar un fracaso comercial. Bilbao y San Sebastián, con el velódromo de Anoeta como escenario impresionante y consolidado desde el principio comenzaron a recibir a los pesos pesados del rock, y allí estaba yo para verlos.

Con trabajo y dinero en el bolsillo, me pude permitir ver a grandes de la música (rock) que sólo podía escuchar en el tocadiscos de casa. Inimaginable acercarme a Donosti a escuchar a Rod Stewart, Los Clash, Eric Burdon (enorme concierto), El tal "Clapton" y muchos más en Bilbao y alrededores: Lone Star (lo mejor de España, de lejos) Los Bravos, Raphael, docenas de actuaciones de Mocedades, que para algo eran de Bilbao, como Los Mitos, buenísimos, etc... Por aquellos tiempos, otro bilbaíno comenzaba a abrirse camino en ese mundo, presentando actuaciones , y pronto dando el salto a la televisión, donde se hizo re-que-te-popular. Tal vez les suene un tal José María Iñigo. ¿Sí?

Acabado este breve preámbulo, entro en el asunto. El Festival de Jazz de San Sebastián contaba con un presupuesto más que sobrado, y, en consecuencia, se permitía traer artistas no sólo de jazz sino de géneros afines a este estilo, como puede ser la rumba y la salsa. Sucedió que dicho festival concedió una fecha para este estilo: la salsa y la rumba. Contrataron a dos magos de la especialidad: Gato Pérez, un catalán rumbero con muchísimo público admirador, y en el mismo programa doble a un mexicano llamado Carlos Santana, que tal vez les suene. Una estrella de categoría universal. Y en Donosti. ¿Comorrrr?  Allá vamos. Allá fui. Pero en el mundo del show no siempre las cosas salen "redondas" y ese día hubo un incidente: Resultó que el concierto de Gato Pérez comenzaba a las 20:00 h. y yo, decidido ir a ver a Santana, comienzo a las 22:00 h. me presento en el velódromo de Anoeta a las 21:00 h. y a medida que llegaba a la puerta, me quería morir, o ir a partirle la cara al periodista inútil que había escrito mal las horas de los conciertos. Pensando que Santana estaba ya a punto de terminar, sonando "Black Magic Woman" sin ninguna duda, pregunté al portero que quién había cambiado el orden de los conciertos. Respuesta: "no te apures, resulta que Gato Pérez ha tenido un accidente de coche, se lo han comunicado a Santana, y éste ha dicho que él (su banda) tocaba por Gato Pérez y por su propia banda. "Pa adentro". A veces la fortuna sonríe al fan del mundo del rock. El concierto fue memorable. Cuatro horas a partir de las 21 horas, cuando llegué. La banda de Santana, de novela. Tocaron TODAS. Pongan el título que quieran. Ésa también la tocó. Ni una mala cara de ninguno de los músicos, al revés, sudando la gota gorda, parece que disfrutaron mucho más que los espectadores que allí estábamos. Ni que decir tiene que ese día subió a mis altares musicales. Aún hoy sigue tocando, con el sonido inconfundible de su guitarra. Literalmente, un genio. Y sus músicos, a cual mejor. Irrepetible evento. Inolvidable.

"Vamonós guajira ¡¡¡¡vamos a bailar¡¡¡". De no creer...

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Antón Miralles

Bilbao, 1954. Resultó ileso tras pasar más de diez años en un colegio de jesuitas, la mili obligatoria en el moro, un par de decenas de años en la banca y otro Antondecenio en varias profesiones honestas. Deportista voluntarioso, lector empedernido, viajero entusiasta, melómano -rock setentero principalmente- y ateo gracais a Dios. Dni a parte, el único carnet que ha llevado alguna vez ha sido el de socio del Athletic Club de Bilbao. Integrante de los tristemente célebres "cinco millones", ha comenzado a escribir para labrarse un futuro próspero y recolectarse algo de "fondos" para la vejez, que está a la vuelta de estas páginas. Su único propósito es entretener, dice. Las obras maestras ya las han escrito otros.

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